sábado, 22 de noviembre de 2025

SØREN KIERKEGAARD "Mi punto de vista"











Hay una cosa que no puede comprender ni una asamblea ruidosa, ni un “público altamente estimable”, ni en media hora, y esta cosa es el carácter de la verdadera abnegación cristiana. Para comprenderla se requiere temor y temblor, silenciosa soledad, y un largo espacio de tiempo. p. 32.

El primer grupo de escritores representa la producción estética, el último grupo es exclusivamente religioso: entre ellos, como punto decisivo, está el Postcriptum. Este trabajo trata y plantea “el Problema”, que es el problema de toda la profesión del escritor: cómo llegar a ser cristiano. p. 38.

Por tanto, el escritor religioso debe, ante todo, ponerse en contacto con los hombres, es decir, debe empezar con obras estéticas. Estas son las arras. Cuando más brillantes sean esas obras, mejor para él. Además, debe estar seguro de sí mismo o (y ésta es la única seguridad) debe relacionarse con Dios, con miedo y temblor, a fin de que acontezca el hecho más opuesto a sus intenciones, y, en lugar de poner en movimiento a los otros, los otros adquieren poder sobre él, de forma que termina empantanándose en lo estético. Por tanto, debe tener todo dispuesto, aunque sin impaciencia, con el propósito de sacar inmediatamente lo religioso, en cuanto perciba que tiene a sus lectores con él, de forma que con el ímpetu conseguido por la devoción a lo estético entren en contacto con lo religioso. pp. 53, 54.



… todo auténtico esfuerzo para ayudar empieza con la autohumillación: el que ayuda debe primero humillarse y ponerse por debajo de aquel a quien quiere ayudar, y, por tanto, debe comprender que ayudar no significa ser soberano, sino criado; que ayudar no significa ser ambicioso, sino paciente; que ayudar significa tener que resistir en el futuro la imputación de que uno está equivocado y no entiende lo que el otro entiende. p. 56.

Y recordar, vosotros que sois serios y austeros, que si no podéis humillaros, no sois genuinamente serios. Sed el asombrado oyente que se sienta y escucha lo que el otro encuentra más placer en contaros porque le escucháis con asombro. Pero, sobre todo, no olvidéis una cosa: el propósito que tenéis en la mente, el hecho de que es lo religioso lo que debéis llevar adelante. Si sois capaces de ello, presentad lo estético con toda su magia fascinadora, dominad si os es posible el ánimo del otro hombre, presentadlo con el tipo de pasión que más exactamente le conviene, alegremente para los alegres, en tono menor para los melancólicos, ingeniosamente para los ingeniosos, etc… Pero, sobre todo, no olvidéis una cosa, el propósito que tenéis que llevar adelante… lo religioso. Haced eso por todos los medios, y no temáis hacerlo; porque verdaderamente no se puede hacer sin miedo y temblor.Si podéis hacer eso, si podéis encontrar exactamente el lugar donde está el otro y empezar allí, tal vez podáis tener la suerte de conducirle al lugar donde os halláis vosotros.Porque ser maestro no significa simplemente afirmar que una cosa es así, o recomendar una lectura, etc… No, ser maestro en el sentido justo es ser aprendiz. La instrucción empieza cuando tú, el maestro, aprendes del aprendiz, te pones en su lugar, de modo que puedas entender lo que él entiende y de la forma que él lo entiende, caso de que no lo hayas entendido antes, o si lo has entendido antes, permitas a él someterse a un examen de manera que pueda asegurarse de que tú sabes tu papel. Esa es la introducción. pp. 57, 58.

Aunque, a pesar de eso, muchos párrocos consideran este método totalmente injustificable, y muchos también son incapaces de manejarlo (no obstante que todos ellos, de acuerdo con sus propias afirmaciones, están acostumbrados a usar el método socrático), yo, por mi parte, me adhiero tranquilamente a Sócrates. Es cierto, no era cristiano, lo sé, y, sin embargo, estoy totalmente convencido de que lo hubiera sido. Pero era un dialéctico, todo lo concebía en términos de reflexión. Y la cuestión que aquí nos ocupa es puramente dialéctica, es la cuestión de usar la reflexión de la Cristiandad. Estamos tratando aquí de dos magnitudes cualitativamente diferentes; pero en un sentido formal puedo llamar perfectamente a Sócrates mi maestro, mientras que sólo he creído, y sólo creo, en Uno: Nuestro Señor Jesucristo. p. 71.

Si la plebe es el Mal, si el caos es lo que nos amenaza, sólo hay salvación en una cosa, en convertirse en individuo, en el pensamiento de que “lo individual” es una categoría esencial. p. 94.

Así, pues, yo amaba el Cristianismo en un sentido: para mí era venerable, aunque, humanamente hablando, me hacía excesivamente desdichado. Esto corresponde a mi relación con mi padre, la persona a quien he amado más profundamente. ¿Y qué significa esto? El asunto precisamente es que me hizo desdichado, pero por amor. Su error no consistió en falta de amor, sino en confundir a un niño con un anciano. Amar a aquel que nos hace felices es, para una mente reflexiva, una definición inadecuada del amor; amar a aquel que nos hace desdichados con malicia, es virtud; pero amar a aquel que por amor, aunque por un mal entendimiento, pero a pesar de todo con amor, nos hace desdichados, es la fórmula aún nunca enunciada, que yo sepa, pero, sin embargo, la fórmula normal de lo que es el amor. p. 111.


MI PUNTO DE VISTA

Ed. Sarpe, Madrid, 1985.

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